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lunes, 21 de diciembre de 2015

Textos de cierre del Taller Permanente de Novela

Esta serie de relatos forman parte del Cierre del Taller Permanente de Novela en su ciclo 2015. Dirigido por Elisa Montesinos*, el Taller trabaja los textos de los estudiantes desde una perspectiva doble: teórico y técnica; esto a través de distintos ejercicios. Estos textos son parte de la producción de este año y, además, serán leídos en la Lectura de Cierre del Taller:

www.facebook.com/events/794842603978666/


En el lago 
Por Arturo Cuevas

La orilla del lago Caburga lucía tranquila aquella mañana. La transparente bruma lentamente se disolvía dando paso al sol que se levantaba desde las montañas, del lado oriente del país. En la cabaña, custodiada por el personal de seguridad encargado de proteger a las más altas autoridades de Chile, todo estaba en aparente calma. Excepto por la mujer vestida con un sencillo albornoz crema, en evidente estado de agitación. Había dejado su café recién preparado sobre el mesón de granito gris de la cocina, para leer una nota que le habían dejado en la mesa. Tenía las letras de distintas tipografías, recortadas de alguna revista y pegadas en orden para dar un mensaje, alarmante en realidad. La hizo pensar en su hija, quien dormía en una de las habitaciones. ¿Qué broma es esta?, pensó con enfado y preocupación. –¿Gonzalo?– llamó con timbre nervioso. El guardaespaldas entró en la recién remodelada sala de estilo americano con seria solicitud y leyó la carta que la regordeta mujer le entregaba, bajo una mirada inquisitiva. Apenas un minuto después, la casa voló por los aires a causa de la gran explosión que quebró la quietud de todo el lago. –¡Qué mierda!– fue lo único que atinó a decir uno de los atónitos guardias, levantándose adolorido luego de haber salido despedido de su lugar por la onda expansiva. La casa de veraneo de la presidenta de la República había desaparecido, y en su lugar sólo quedaban los escombros que se calcinaban por el voraz incendio. 



Merluza frita

Por Carolina Oyarzo


Cuatro y media de la mañana y suena el despertador. Carmen se levanta como de costumbre a preparar el desayuno a su marido y encender el fuego de la estufa, de modo que la cocina esté algo más temperada cuando sea hora de levantar a los niños. Amador engulle rápido la merluza frita y el café que le prepara su mujer y parte a la labor en su lancha, junto a su compadre Memo. Allí en medio del mar, ya conocidos y navegados de principio a fin todos los recovecos de la zona, se fondean en el lugar previsto y dejan caer sus anzuelos, confiados en que el mar sea una vez más generoso con ellos. La pesca es abundante esta madrugada, y a eso de las ocho de la mañana ya están de vuelta en la isla. Carmen de regreso de haber encaminado a los niños a la escuela, lo espera en la orilla de la playa. El compadre Memo se baja y ayuda a Carmen a subir a la lancha. Juntos parten marido y mujer a la caleta, donde se comercializa lo obtenido. Una vez en el puerto, Amador deja la mercancía en manos de Carmen y regresa solo a la isla. 

A un costado de los botes de la caleta, entre el continuo pasar de las gaviotas, están los puestos de la feria. Carmen se ubica en el suyo, el número nueve, y una vez ordenado y dispuesto todo, comienza a limpiar la sierra y merluza que le entregara Amador. Su vecina de puesto, la Meche, vive cerca de la caleta y ya está instalada entre almejas y choritos. Al igual que el resto de los feriantes a esa hora, comadrean un rato sobre hijos y quehaceres, mientras terminan de preparar sus pescados antes de que comiencen a llegar los clientes. Al rato, a pesar de la neblina y frío costeros, las primeras en llegar son las dueñas de cocinerías, fieles compradoras que pasan temprano por la feria para abastecer su local y deleitar a sus consumidores con los frutos del mar.

Más tarde llegan las "caseritas", abnegadas dueñas de casa, en busca de ingredientes frescos para el almuerzo del hogar. No todos los días el mar cede sus bienes con tanta facilidad, pero la feria rebosa de suministros esta mañana. A la vista queda que la pesca fue fructífera, sin embargo, no todos los puestos logran vaciar su mercadería y no es la excepción el puesto de Carmen. Los últimos en pasar por la feria, ya a una hora en que todo isleño ha comido, son turistas y uno que otro rezagado que se quedó enredado entre las sábanas. Al terminar la jornada, Carmen aún no ha vendido algunas merluzas, mejor suerte para la próxima. Por la tarde, los comerciantes amontonan sus desperdicios y desarman sus puestos. Carmen se sube a la lancha de sus vecinos y regresa a la isla con los pescados que no logró vender.



Al día siguiente la merluza desperdiciada se come frita al desayuno.



Cajita Feliz


Por Alessio Cavalli 


Que las fiestas de fin de año, religiosas o patrias tienen cualquier significado menos el que realmente representan, es una realidad que en mi caso he visto desde que tengo uso de razón. A medida que se instalan más tradiciones americanas en nuestra cultura, las fiestas pasan a ser una aventura total de consumismo. Es así como navidad se asocia a largas horas de estrés adentro de un mall comprando regalos para toda la parentela; semana santa para algunos es irse a Cancún, Miami o alguna playa del litoral central; y fiestas patrias se asocia a comida, carrete y alcohol. No digo que yo no disfrute de esas cosas, pero desde hace varios septiembres siento una gran añoranza, que incluso ya casi se torna en obsesión: recibir una cajita de fiestas patrias.

La empresa para la que trabajo no tiene ese beneficio, pero este año se supo que a los miembros del reciente formado sindicato se les daría una de estas cajas, y según lo que se anticipaba iba a estar bastante buena. Por lo tanto, no lo pienso dos veces y me sindicalizo. Quedo con un poco de tortícolis de tanto asentir y dar mi aprobación a los futuros proyectos que el presidente sindical me cuenta, la verdad es que me importa un carajo lo que habla. Yo simplemente oigo, pero no escucho, por mi mente solo desfilan las imágenes del ritual que llevaré a cabo cuando abra la cajita y de lo linda que se verá la mercadería perfectamente ordenada en mi despensa. Una vez que firmo el libro que me hace oficialmente miembro del sindicato, me comunican que como estábamos muy encima de fiestas patrias, es probable que no me toque caja porque ya están todas repartidas, aunque queda la opción que alguien no la retire y en ese caso avanzaría en la lista de espera. Estoy dos días preocupado, preocupadísimo, casi sin dormir. No quiero este año mirar con odio a los que tienen caja, no quiero desearles que ojalá se caigan y pierdan todo su precioso contenido, no quiero reírme a carcajadas como lo hice la vez que a una pobre niña se le quedó la caja adentro del metro y solo se percató cuando la puerta del vagón ya se había cerrado. Ustedes dirán que estaba corroído por la envidia… así es señores, tenía envidia y no de la sana (que por lo demás no existe), este año quiero ser yo el objeto de envidia de alguien que tenga el mismo grado de amargura dieciochera que tuve yo durante seis años. 

Suena mi teléfono, es el presidente del sindicato y me dice que puedo ir a buscar lo que para mí es un tesoro. Llego con mi cajita al escritorio, me siento, la contemplo, la acaricio, estoy emocionado al leer en un costado “Felices Fiestas”. La meto debajo del escritorio y no me levanto durante toda la tarde, ni siquiera para ir al baño, de tanto en tanto, acerco el pie para cerciorarme que sigue ahí. Al terminar la jornada, subo al bus de acercamiento que me lleva hasta el centro de Santiago. Comienzo a caminar feliz con la cajita en los brazos. Según yo es liviana, de hecho lo es, pero solo para llevarla dos cuadras, no siete. Como nunca he sido forzudo, a las tres cuadras ya voy apenas con la caja. La cara de felicidad se transforma en una expresión de dolor; las miradas que recibo no son de envidia sino de lástima yo creo, «pobrecito, va entero cagado», deben pensar los que se dan el tiempo de observarme. 

Quedan dos cuadras para llegar, vamos, vamos que se puede, lo peor ya pasó, casi no siento los brazos y una enorme catarata de sudor baja por mis sienes. Deseo llegar pronto, decido apurar el paso cuando me parece escuchar en la vereda de enfrente «está temblando», una señora aparece en la puerta de la casa que está a medio metro de distancia, su rostro paralizado por el terror me mira fijamente a los ojos y después baja la vista hacia mis manos, la miro con recelo y pienso «la cajita es mía, vieja sapa». Miro hacia arriba, los cables de electricidad y los semáforos se sacuden violentamente, sé que está temblando muy fuerte, pero mi cajita me protege y neutraliza mis sentidos. Me detengo para percibir el movimiento, pero nada, los cables siguen moviéndose y un automovilista me pregunta mientras el semáforo está en rojo: «¿está temblando?», a lo que respondo con un desganado, «parece que sí».



Estoy justo bajo la torre donde habitan mis padres, ya pasó el temblorcito y decido llamarlos, contesta mi mamá y escucho a la pobre vieja con la voz agitada y en tono apocalíptico diciéndome «hijo, por favor no subas». Es ahí cuando me doy cuenta que no fue un simple temblor y decido valientemente subir a ver cómo está todo, pero primero… vamos a casa a dejar la cajita. En el último trayecto veo a muchas personas abajo de los edificios, algunos con cara de pánico mientras que otros lloran. Me vibra el celular, dejo la cajita en el piso, puede ser importante, es un amigo que me envía un mensaje diciendo, «estoy en un piso 20 ¿qué hago?», calmadamente respondo con una sola palabra, «baja». Llego a mi edificio, la cordura vuelve a mi cabeza y decido optar por dejar la cajita al cuidado de los conserjes y retirarla cuando el caos haya pasado. Voy nuevamente en camino a la casa de mis padres, cuando se produce una fuerte réplica, al terminar me llega un mensaje nuevamente, es mi madre, «hijo por favor no vengas que es peligroso, además cortaron los ascensores». Como buen hijo, obedezco la orden de mi viejita, no tengo la más mínima gana de subir 17 pisos a pie. Vuelvo a mi edificio y pregunto por mi caja, el conserje me dice «pase no más ahí es… estaba», mira hacia todos lados, derecha, izquierda, arriba, abajo; la cajita no está. Seguramente, en el caos de la réplica alguien la tomó, mi tesoro debe estar en el mismo edificio y su contenido siendo dispuesto en otra despensa que no es la mía. Subo por el ascensor, me importa una mierda si tiembla, entro a mi departamento y me siento como Gollum después que le robaron a su tesoro precious. Ya más calmado me pongo a reflexionar y pienso que tal vez fue castigo divino por envidioso, burlón y mal intencionado. Doy un largo suspiro y me digo «hay que erradicar del alma los sentimientos negativos que nos envenenan el espíritu», pero… ojalá te atores con alguna aceituna, te intoxiques con la mayonesa, se te caiga la botella de pisco y al recoger los vidrios te cortes y que tengas unas infelices fiestas patrias, maldito ladrón. Me levanto aliviado, reviso mi alcancía donde junto monedas de quinientos pesos, las cuento, tengo justo diez lucas, decido guardarlas y usarlas para pagar el taxi en diciembre, cuando me entreguen la cajita navideña. Está empezando nuevamente a temblar.


*Elisa Montesinos es traductora, periodista y escritora. Master de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York. Autora del libro de viaje Standby, encuadernado y cosido a mano. Ha realizado talleres de encuadernación artesanal, invitando a los lectores a coser su propio ejemplar del libro. Es editora del fanzine de artes visuales y escritura eL Paper Magazine, realizado en conjunto con la galería Local Project de Nueva York. Actualmente está terminando su segunda novela. Es la profesora del Taller Permanente de Novela en el Taller Estudio 112.
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martes, 11 de agosto de 2015

Objetos Confiscados

por Elisa Montesinos*

vestido

rasgado quedó, de tanto ponerlo, sacarlo, abrirlo, forzarlo, de tanto que una mano se le metía para explorar aquello que pretendía cubrir, o descubrir, el viento, algo de sol transparentándolo, los adoquines rotos, la calle Matucana, lo vieron pasar en esplendor, ondeando, feliz, al viento, una mano se le metía, lo forzaba, lo descomponía, lo rasgaba; hirsuto quedó, aunque el sol, el viento, palacios de la época del salitre, la calle Matucana, lo vieron pasar en esplendor, es que una mano, una mano feroz, sí, trataba, el sol, el viento, la calle, los pasos apresurados deteniéndose cada tanto, planchadito, estiradito, todo en su lugar iba, orgulloso de ser nuevo, pero esa mano, feroz, metiéndose por todos lados, desordenándolo, por qué esa mano, por qué, ondeando al viento, al sol, que permitía ver a contraluz, los adoquines rotos, la calle Matucana, todos testigos, y esa mano, saliéndose con su cometido, arrugándolo, y es que la calle, la despedida, el bus, y más tarde, de vuelta, metiéndose por cualquier intersticio, hasta lograr, una vez puertas adentro, su cometido, y subirlo, forzarlo, explorar más, más, casi romperlo, y ya no sólo la mano, la boca, la lengua, los dientes, el cuerpo entero restregándosele, la tela cediendo, ensanchándose, un ruido, un ruidito de algo roto, poco antes que esa mano, feroz, otra más pequeña, resistiéndose tal vez lo arrojara, las dos quizás, arrugado, después de haber sido nuevo, al suelo.

corbata
amarradita,
puntual,
de noche o de mañana,
limpia, controlada,
sin ninguna mancha
de vino,
ni de nada,
ninguna pelusa
que mostrar, ninguna hilacha,
apretaba
la parte del cuerpo que,
justamente,
no quería ser apretada,
otras sí, otras
pedían a gritos,
casi,
si pudieran,
para fines distintos,
muy distintos, de la función
institucional,
fiscalizante,
inquisidora
(no, tampoco era para tanto),
que se le había asignado
al muchacho ese
que una vez,
sí, hay pruebas,
alguna vez usó un mohicano,
por eso la corbata limpia, puntual,
exacerbadamente largos, los turnos
sobrehumanos, noches
enteras, madrugadas
para cansarlo, probar
su resistencia, siempre
en distintos horarios, lograr
el objetivo, que se afeitara,
ordenara su cabello, sus zapatos,
su vida, y fuera,
planchadita la camisa,
lustrados los zapatos,
a ganarse el pan
de cada día,
si a veces le resultaba tal vez,
un poco duro
el pan, o amargo,
si no le alcanzaba para el mes,
eso, que se oiga bien,
nada de eso
era culpa nuestra, cumplíamos
ordénes, que se controlara,
¡que de una vez por todas se controlara!,
y menos, menos que
sabemos de buena fuente, fuimos
informados, usaba camisetas
de bandas de rock,
¡debajo de la camisa
planchadita, incólume!,
y no sólo eso, un hedor
a cerveza, un halo,
peor aún, no lo vamos a mencionar,
a hierbas, por respeto,
no lo vamos a mencionar,
eso sí, se le podía,
llegado el caso, perdonar,
lo otro no,
jamás,
que una corbata
cuya función es dar seriedad
a gente como esa,
poner un límite,
sea utilizada para otros fines,
resulta, por decir lo menos,
inaceptable, imperdonable,
que una prenda del uniforme
se utilice así,
escabrosamente,
para amarrar la espalda, las manos,
al respaldo de la silla,
gritaba, el vecindario entero oyó,
de felicidad, podrán esgrimir
en su defensa, no les consta,
nada de eso consta, ni incumbe
a este informe, más que el sujeto
se descontroló, si lo instigaron,
si se oyeron risas,
si ella pedía más, más,
más apretada la corbata,

eso no está en cuestión.

*Elisa Montesinos 
es traductora, periodista y escritora. Master de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York. Autora del libro de viaje 
Standby, encuadernado y cosido a mano. Ha realizado talleres de encuadernación artesanal, invitando a los lectores a coser su propio ejemplar del libro. Es editora del fanzine de artes visuales y escritura eL Paper Magazine, realizado en conjunto con la galería Local Project de Nueva York. Actualmente está terminando su segunda novela. Es la profesora del Taller Permanente de Novela en el Taller Estudio 112.

domingo, 19 de julio de 2015

Sobre la imposibilidad de escribir


Por Lina Bilbao*

El escritor se inicia, por lo general, cuando desea plasmar una serie de acontecimientos; cuando la emergencia de decir se vuelca en líneas que concluyen en un texto de ficción. Él avanza infatigablemente en un discurso que concluye en el goce del punto final. Sin embargo, la dificultad comienza cuando el escritor se detiene; cuando la misma obra suspende la palabra.

En el poema “Una palabra” de Gabriela Mistral, los versos iniciales son: “Yo tengo una palabra en la garganta/ y no la suelto y no me libro de ella/ aunque me empuja su empellón de sangre”. El escritor surge cuando, con vistas a la literatura, desaparece su tranquilidad en la continuidad del discurso. La literatura es entonces, tal vez, la permanencia en la tragedia que es el lenguaje.

La escritura comienza en el momento en que el escritor tiene algo que decir, pero esa escritura solo resulta literaria cuando ya no se puede seguir diciendo, cuando ya no son las palabras las que dicen, sino que el escritor constata la imposibilidad misma de decir esas palabras. En una entrevista a Carlos Droguett, él señala: "No podría explicar por qué escribo. ¿Por qué bebe el alcohólico? Él diría que porque no lo puede evitar. Yo tampoco, y como él, no lo considero una desgracia (…) Cuando imagino o recojo una historia siento a mis personajes como si ellos fueran yo mismo; inconscientemente los incorporo a mi sangre; sus aventuras son mías; conozco no sólo su ámbito espiritual, sino su cuerpo, sus pensamientos, su soledad; son seres míos como los hijos de mi carne que yo he hecho (…) Pero a veces, diría que siempre, tengo la impresión de que el lenguaje, las palabras, se interponen entre ellos ─sus personajes─ y yo, y suprimiendo torrencialmente puntos, comas, explicaciones obvias, descripciones inútiles, los acerco en bloque a mi terror...”. (N.de R.: El destacado es de la autora)

Es esta imposibilidad un asunto difícil con el que lidiar, especialmente al hacer hincapié en la teoría, técnica y estructura narrativa; donde la consigna es, sobre todo, “escribiendo se aprende a escribir”. Esa dificultad descifra desde el principio una trampa en los procesos de creación, en la que el escritor se bate con la pregunta que carga a lo largo de su proceso: ¿Qué es, entonces, la literatura?

Desarrollar esta pregunta es necesario para que la obra literaria se produzca como tal; para que la literatura supere el problema de su imposibilidad. Se trata de que el escritor permanezca en la escritura al mismo tiempo en que se ausenta de esta; que en el movimiento de contradicción, la imposibilidad de escribir no solo manifieste la desconfianza en enunciados entregados e impuestos, sino que participe en la creación de un texto auténtico.

Por ello, en la ausencia de escritura no se deja de escribir. Antes solo había un hombre para escribir sus necesidades, experiencias e imaginaciones; un hombre-autor sujeto a las restricciones de su lenguaje; pero hábil, quizás, en la técnica literaria. A partir del momento en que se detiene y suspende todo saber decir en el texto, el hombre-autor enfrenta el tiempo que lo condena y lo detiene; siente atracción por el vacío que tiene entre las manos y su obra y, al regresar a su escritura, ella dará testimonio de una historia completa en la que el lazo entre obra y autor queda fundido sin saber nunca dónde estaba esa unión.

*
 Lina Bilbao es Licenciada en Filosofía. Ha dictado diversos cursos de literatura entre los que destacan Creación Literaria, Club de lectura y Escritura Autobiográfica. Actualmente se encuentra trabajando en proyectos de escritura en los géneros de novela y poesía. Así mismo prepara, en conjunto con otros profesores, un taller de literatura chilena. Es Directora del Taller Estudio 112, donde además dirige el área de Literatura.

lunes, 13 de julio de 2015

Lectura Poética Taller Estudio 112

El pasado martes 23 de junio, el Taller permanente de poesía de Taller Estudio 112 realizó su primera lectura poética abierta al público desde su inicio en septiembre de 2014. Esta tuvo lugar en el Espacio Estravagario, de la Casa Museo La Chascona.

Como parte de la consolidación de una etapa de trabajo de meses, los poetas Tommy Esbry, Lina Bilbao, Pamela Tighe, Dennis Muñoz, Felipe Riffo y Paulina Román formaron parte de una noche en la que los reales protagonistas fueron sus versos, los que recibieron el sincero aplauso de los más de 50 asistentes en la tradicional casa de Neruda. La lectura estuvo guiada por el profesor del taller, el poeta Francisco Martinovich.
Como complemento a la lectura, en los muros del espacio se proyectaron una serie de imágenes del artista británico James Whistler, recopiladas por la también tallerista Katrina Pennington.

Aquí una breve muestra de la lectura de los poetas en aquella mágica noche. Las imágnes fueron tomadas por Francisco Bravo Berríos, nuestro profesor del Taller de Cómic.


Temor II
(Dennis Muñoz)


Mortal me paro frente al espejo
los acaricio
los presiono un poco y duelen rico.
Allí yace lo perpetuo
clima malo: inmortaliza
clima bueno: procrea
ambas formas del infinito
infinito rabioso no develado

Nos inventamos historias,
historias de hombres,
hombres inmortales y mujeres desechables
hombres semidioses y mujeres putas
tatuando en piedra chivas fatuas
inverosímiles de sagrada eternidad
de un mas allá con piso de merengue
con ángeles culones y dioses barbones
una continuidad
malditamentefome
una cacofonía
de coros gritones.
Entonces quizás alcancen la escurridiza infinitud.
Los vuelvo a agarrar
y no son ni tan grandes ni tan chicos,
¿acaso aquello significa un más allá mediocre?

Para rematar,
no podré,
no señores
no podré comerme una concha
prefiero café y dildo,
en el ojete,
por favor
para apretarlo
mientras todos creen
en esa disonante normalidad
que me hacen respirar.
Yo no podré ser inmortal
sí, vulnerable hasta el tuétano.
Soy destructible
ofensivamente sangriento
soy carne de segunda
por exceso y alcohol
y de tantas folladas en un rincón.
Ni aún así cruzaré
soy frágil
finito en el momento no repetible.
Nada de ciencia ficción acá
éso,
para los devotos
para mí queda la realidad,
larga y dura
rica realidad,
que empala y mata.
Yo soy delicado,
sensible,
amariconado
soez
y muy caliente
pero jamás inmortal.

Pelícanos
(Pamela Tighe)


Se instala lo oscuro
la arena continúa amarillenta
y emite un tenue quejido
en el lugar donde zurce la ola.

La bandada de pelícanos desciende
del aire al agua
como si continuaran su vuelo
en el vaivén de la marea,
sin tiempo.

Un ave sacude las alas
dirige su vuelo hacia otro punto
el resto de las aves la siguen.

La bandada de pelícanos desciende
del aire al agua
como si continuaran su vuelo
en el vaivén de la marea,
yo soy el tiempo.

Un ave sacude las alas
dirige su vuelo hacia otro punto
el resto de las aves la siguen,
descienden
como si continuaran su vuelo
en el vaivén de la marea,
sin tiempo.


Arte Poética
(Tommy Esbry)


Para escribir poesía
el poeta se debe pegar un tiro en la cabeza
y untar la mano muerta en la materia gris
desparramada en la pared de la habitación oscura

Para escribir poesía
El poeta debe mirar esta pasta bajo una luz fría que preserve la materia
Distinguir lo que es sangre de lo que es mugre
Mirar bajo aquel frío esta pasta nueva con olor a caverna
y aurora y algo de olor a pólvora

Con la mano muerta separada ya de la lengua de cada día
manchar el papel que será el único testigo
De este mundo

Quizás se deba eludir la descripción del suceso y más bien
Mostrar lo eterno del destello
Y quizás la acción del disparo
Pero cuidado con las motivaciones... en cuanto se iluminan se oscurecen

Para escribir poesía se debe aparear el asco con el pudor
la inocencia con la perversión
La confianza con el miedo
la tapa de los sesos con las alas de un pájaro cualquiera
los restos de sangre añeja con las astillas de hueso fresco
el estallido  con el silencio
diluyéndose
simultáneamente


Rabia
(Paulina Román)


Rabia,
de esa que se acumula en el vientre,
Que hierve
Que gruñe como animal herido
Que muestra los dientes
Que busca arañarte el rostro,
marcarte
Patearte en el suelo

Rabia,
de esa que se consume
Que se agota de no salir,
porque no hay daño suficiente,
Porque quisiera tocar esa fibra,
ese lugar interno 
Donde la palabra destruye
Donde el dolor nace,
Porque quiere destruirte
y construirte de nuevo,
solo por el placer de romperte
Otra vez.


Antes del silencio
(Felipe Riffo)


Todo lo construido volverá a ser arena dispersa en el tiempo,
Tus ropas serán polvo,
Tus zapatos caminarán errantes sin donde afirmarse.

En los trances cuando ya no haya nada, ni siquiera el ruido del silencio,
Se escucharán las risas de los niños jugando en la plaza,
Las uñas creciendo en tus dedos,
Y flotarán por el cosmos los muertos de todas las vidas.
Irán conversando y discutiendo sobre la época más difícil de vivir,
Se enojarán, pero pronto reirán porque están muertos.
Se verán a los reyes enemigos, abrazarse y llorar lágrimas de bautismo,
Por la sangre que derramaron en vida, por un poder que nunca tuvieron,
Al igual que todos los que creyeron tenerlo.
Y los bosques serán las guías de las imágenes que descollan,
 Donde todo,
                    Se hace un suspiro.
Imágenes que quedarán vagando todavía,
Cuando se acabe el silencio,
Como testimonio de que fueron nacidas ahí,

 Antes, de que llegara el silencio.




Sustantivo
(Lina Bilbao)
Llover es cuando el sustantivo se convierte en verbo.
Y el verbo en pleno campo raso es cosa seria.
Lo inunda todo.
Las piedras se mojan y el musgo crece sobre ellas.
De las casas sale humo y a los muertos se les deshace la carne
y pareciera que se les entreabrieran los ojos para ver la muerte nuestra.
Ahora que uno ya se sabe muerto
llueve y llueve allá afuera;
en el campo raso donde la huesa espera.

jueves, 18 de junio de 2015

Lectura Poética: El Río Invisible

Estimad@s:


El próximo martes 23 de junio a las 19:00 horas el Taller Permanente de Poesía tendrá su primera lectura poética pública desde su constitución en septiembre de 2014.


El evento se realizará en Espacio Estravagario, dentro de la Casa-Museo La Chascona, domiciliada en Fernando Marquéz de la Plata #160, Providencia, a pocas cuadras del Taller Estudio 112.

Los invitamos especialmente a esta instancia en la que el taller cierra un primer ciclo que ha involucrado ejercicios, visitas de poetas invitados, peregrinajes y el trabajo con corpus poéticos de cada integrante. Esta primera aventura en público es, en parte, uno de los resultados de todo este trabajo.

En la ocasión leerán los poetas integrantes del taller Lina Bilbao, Tomás Esbry, Dennis Muñoz, Felipe Riffo, Paulina Román y Pamela Tighe. Su lectura estará acompañada por una proyección de imágenes especialmente preparada para la ocasión por la también tallerista Katrina Pennington.

Al finalizar el evento podremos compartir un tradicional vino de honor y cóctel.

¡L@s esperamos a tod@s!

Evento en Facebook


jueves, 23 de mayo de 2013

Lectura de Cuento y Poesía

El pasado jueves 16 de Mayo, a eso de las 19:30 horas, dimos inicio a una lectura de Cuento y Poesía, en donde los alumnos del Taller Estudio 112 tuvieron la oportunidad de leer sus creaciones en torno a una velada íntima. Cada uno, en el  proceso, descubrió los diversos estilos y la evolución que han tenido durante su estadía en el taller. El intercambio de conocimientos y la puesta en escena permitió generar una atmósfera agradable.


Taller Estudio 112 realizará actividades como esta para que sus alumnos tengan la oportunidad de mostrar sus obras y que los asistentes conozcan de cerca el trabajo que realizan las encargadas de dictar los talleres en el área de Literatura.

Algunos integrantes del Taller de Poesía, dictado por Lina Bilbao

Parte del Taller de Narrativa, dictado por Jean Véliz D´Angelo


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